Una revolucionaria concepción de la realidad.

¿Y si el mundo que percibimos a nuestro alrededor no es más que una compleja ilusión? La idea suena a ciencia ficción y, sin embargo, cada vez hay más personas dispuestas a considerarla. Pero, ¿existen argumentos racionales para plantearnos algo así?

En 2003 el filósofo y transhumanista Nick Bostrom formuló su Hipótesis de simulación concluyendo que, de hecho, las posibilidades de vivir en una realidad aparente no son tan remotas. Según Bostrom, cualquier civilización con tecnología suficientemente avanzada -nosotros mismos dentro de unos años- tendrá el potencial de generar experiencias virtuales indistinguibles de la realidad física. Partiendo de esta premisa establece 3 posibles alternativas:

 

1) Que no existan civilizaciones con tal nivel tecnológico.

2) Que existan pero ninguna esté interesada en simular la realidad.

3) Que existan y, además, hayan desarrollado entornos de realidad simulada.

 

Si se cumple el tercer supuesto, entonces es muy posible que vivamos en un mundo virtual. ¿Por qué? Pues porque la misma tecnología permitiría crear, no una, sino infinidad de simulaciones.

Pensemos que solo en las dos últimas décadas se han vendido más de mil millones de videoconsolas. Cada vez que una de ellas carga un juego está, de hecho, recreando un microcosmos con su propia geografía, eventos, habitantes... limitados únicamente por la capacidad de dichas máquinas. ¿Qué sucederá dentro de unos años, cuando la computación cuántica o la inteligencia artificial estén integradas en nuestros ordenadores y consolas?

Y aún hay más: dentro de una simulación podrían darse las condiciones necesarias para generar a su vez entornos virtuales… El proceso podría replicarse recursivamente dando lugar a muchos niveles de realidad encajados como muñecas rusas.

Es una simple cuestión de probabilidades: si una civilización más avanzada -como la nuestra en el futuro- es capaz de ejecutar incontables realidades simuladas, hay muchas más opciones de estar en una de ellas que en la única realidad “auténtica”.

No son pocos los que defienden esta hipótesis, especialmente desde el ámbito científico. Voces como la del físico e inventor Elon Musk, el cosmólogo y divulgador Neil deGrasse Tyson, el astrofísico de la NASA Rich Terrile o el cosmólogo Max Tegart -entre muchas otras-  insisten en que debemos considerarla seriamente.

 

 

Y es que es difícil negar el razonamiento de Bostrom. Pero, además, nuestro universo parece comportarse como si de una simulación informática se tratara. Hay quien explica de este modo el perfecto ajuste de las constantes físicas. O el hecho de que, cuando se examina detenidamente, la realidad manifieste una naturaleza “pixelada”: no solo la materia y la energía están compuestas de minúsculas unidades indivisibles (partículas, cuantos), también parecen estarlo el tiempo y el espacio.

De hecho los científicos señalan que ni siquiera deberíamos referirnos a materia o energía: la naturaleza última de todo lo que existe sería información pura, tal y como ocurre en un sistema computerizado. Esta idea subyace en cierto modo a la rama más fundamental de la física, la mecánica cuántica, que hace un siglo abrió la puerta a una nueva realidad y nos reveló una sorprendente propiedad: el papel decisivo del observador. 

Y es que, a un nivel elemental, la realidad permanece en estado indefinido hasta que es medida -experimentada- de algún modo por la interacción con un observador. Así pues, un electrón no tiene una posición concreta en el espacio, sino una cierta probabilidad de estar en un lugar u otro, hasta que interactúa con nosotros (observadores) tal y como demuestra el conocido experimento de la doble rendija.

La realidad, pues, parece directamente conectada a nuestra observación. Se comporta en este sentido como lo hace un videojuego: mientras jugamos a GTA o Minecraft no se está renderizando el mundo completo, solo aquella parte que exploramos en cada momento. El resto es una nube de probabilidades lista para ejecutarse. 

Tal y como afirma el físico Tom Campbell, es posible que solo seamos una especie de jugadores en una enorme y sofisticada simulación. ¿Podremos saberlo con certeza alguna vez?