Infancia y naturaleza, cada vez más distanciadas.

No sólo influye la hegemonía de la ciudad como espacio vital, sino que la sobreprotección de los padres de esta nueva generación ha provocado que la gran mayoría de los niños hayan perdido la posibilidad de salir de manera autónoma a la calle, de rasparse las rodillas, de caerse del árbol al que se acaban de subir.

Es muy difícil ver hoy en día a la típica comandilla de niños que, tras horas de exploración, llegan a casa llenos de barro, de heridas, de verde de la hierba, y con la cabecita llena de todos los pájaros, insectos, árboles y peces que se hayan podido encontrar.

Desde la Fundación, queremos dar visibilidad a lo que nos parece un serio problema con efectos a largo plazo. La doctora Heike Freire, licenciada en psicología y filosofía, ha presentado en fechas recientes su último libro, “Educar en Verde”, que ahonda brillantemente en esta cuestión.

La doctora Freire ha llegado a la conclusión de que los niños necesitan de la naturaleza, pero que a su vez, la naturaleza también necesita a los niños, puesto que una educación basada en principios ecológicos es fundamental para la verdadera concienciación sobre la urgente necesidad de conservar nuestro entorno y nuestros recursos. Sobre esto, Freire apunta que “Las circunstancias vitales de los niños y niñas han cambiado muchísimo. Pasan muchas horas sentados y encerrados. Y para desarrollarse de forma sana necesitan moverse, jugar en espacios abiertos y tener mucho más contacto con las plantas, con los animales y con otros niños.”.

Y es verdad. Los niños de nuestro país pasan aproximadamente, unas 1000 horas anuales frente a una pantalla y más de 900 asistiendo a clase. Algunos estudios psicológicos recientes, señalan que para estar sanos, los niños necesitan entre tres y cuatro horas diarias de juego. Mejor aun si es en la naturaleza. Claro que esta cifra normalmente no es alcanzada, ya que hoy en día la obsesión de muchos padres por formar y preparar a su hijo para el -incierto- futuro, hace que el niño, una vez acabada su jornada escolar, tenga que ir a actividades extraescolares, refuerzo educativo, clases de música, de inglés, de ballet... lo que supone el aumento de horas semanales que pasa bajo techo.

 


En relación a lo anterior, son numerosos los estudios que describen los beneficios del contacto con la naturaleza para la salud y el bienestar de los niños, estando estos beneficios repartidos en dos esferas, reconocidas también por Freire en su libro:

Beneficios físicos: jugar o pasear por la naturaleza son quehaceres activos, dónde prima el movimiento y la actividad física y, por ello, reducen el riesgo de sufrir enfermedades cardiovasculares, de sufrir obesidad…

Beneficios psicológicos y cognitivos: los paisajes, la mejor calidad del aire… El contacto con la naturaleza genera un sentimiento de libertad, independencia y pertenencia que ayuda después a lidiar mejor con situaciones de estrés, a manejar mejor las frustraciones, a reducir la fatiga mental…

En cambio, la falta de juego libre, es decir, el juego que es gestionado y estructurado por el niño, contribuye a disminuir el control de sentimientos, emociones y frustraciones, así como aumenta la probabilidad de aislamiento social e infelicidad.

Por último, conviene recordar que no hace falta irse a la reserva de Doñana para entrar en contacto con la naturaleza. Coger a nuestro hijo de la mano mientras damos un paseo por algún parque público, señalando y nombrando en voz alta los nombres de los árboles, de los animales que vayamos viendo, puede ser un muy buen ejercicio para introducir en el niño la curiosidad por el mundo natural, hecho que servirá también para estrechar lazos paterno-filiales. A la tercera o cuarta salida, cuando el niño ya se encuentre cómodo y conozca los nombres de por lo menos un par de especies de árbol y un par de especies animales, podría ser buena idea invitar a algún amigo suyo. De esta forma, no sólo introducimos la relación Naturaleza-Juego-Diversión, sino que además, el boca a oreja una vez de vuelta en el colegio, podría contagiar el interés por la naturaleza en la que los profesores no solo podrían, sino que deberían participar. Será el niño quien acabe tirando la tablet por la ventana, exigiendo a sus padres y amigos que cojan la bicicleta, porque hoy toca un largo paseo por el campo.